Capítulo I – Marcia

Año 496 antes de Cristo, veinte millas al sur de Roma. La batalla del Lago Regilo duró el día entero. A la noche, Marcia, de doce años de edad, sale a buscar a su padre en el campo de batalla, pero termina atrapada en una barranca.

Marcia ya estaba a mitad de camino cuando el pensamiento de un arma—o mejor dicho, la falta de un arma, pasó por su mente.

No trajo nada consigo para ayudarle a su padre—ni siquiera un bastón o una cuña envenenada, a pesar del temor que les tenía a esas.

“Estaré bien,” se dijo a sí misma mientras corría hacia el campo de batalla. “Cumplí doce, ya hace mucho.”

Le echó la culpa a Gaia—su madre, por semejante olvido, pero ya era demasiado tarde para volver.

“¡No en el medio de la noche!” le había dicho su madre. “Iremos a buscar a Padre mañana. Juntos, por diosa Juno y su piedad.”

Marcia no tenía intenciones de obedecerle.

Convencida de que cada instante contaba, se deslizó de la cama apenas Madre comenzó a roncar. Se escabulló de la casa y se echó hacia el vacío.

La luna y Casiopea y el Portador del Agua y el Carnero estaban todos ocultos por encima de nubes espesas. Una tormenta nacía—cada vez más cercana.

Por más que ella quisiera, los Montes Albanos a su espalda—iluminados por la Luna en noches claras, no le daban reflexión alguna. El fuego del templo ya estaba aplacado. Destellos y relámpagos lejanos creados por el dios Júpiter y espasmódicos por naturaleza, eran la única luz que ella tendría.

Alentándose a si misma, se dijo. “¡Ja! Ese dios Júpiter: ¿quién lo necesita? Oscuridad me alcanza y sobra.”

Saltaba sobre rocas esparcidas en la llanura cubierta de pastos de esteros y hierba de lanza. Iba con tanto apuro que el camisón destrozado por hojas de juncos y espinas no le llamó atención. De moretones en tobillos y piernas tampoco se dió cuenta.

Hacía muecas mientras repetía ‘por diosa Juno y su piedad’ de su madre.

“No puede estar mucho más lejos. Quizás está luchando, aún. Quizás lo encuentro y evito que le hagan daño. ¡Oh, la felicidad y orgullo!”

Miedo—como un chacal, iba y volvía, mordiendo su nuca. Antes no lo entendía, pero ahora sí. Padre era un mercenario y tenía que viajar para poder matar gente y así obtener monedas.

Cada año, fiables como las mareas, Marcia y sus hermanas veían como jinetes envueltos en cueros de animales y cascos alados, y con escudos sin lealtades, cabalgaban por su valle. Tan pronto como llegaban Padre abrazaba a las niñas y les hacía prometer obediencia a su madre. Minutos más tarde, salía con los jinetes. Ya hace años las chicas sabían lo que eso significaba.

Padre iba a la guerra.

Pero, he aquí, hubo una gran diferencia este año.

Esta vez, Padre no tenía que viajar hacia algún campo lejano o alguna ciudad asediada, o algún país donde un rey murió demasiado temprano. Esta vez, la guerra llegó a donde él.

El campo a morir estaba a menos de un día a pié de su valle. Un camino de antaño entre Roma y Tusculum mismo—casi borrado por vientos y lluvia, marcó el lugar.

Roma—con hombres vestidos de lobos llevando estandartes color de sangre, venía marchando hacia ellos. En Tusculum la gente se mordía los labios y se preparaba para lo inevitable. El tirano de la ciudad—Octavio Mamilio, hizo lo que pudo. 

Desde que Padre se fue a unirse a las fuerzas de Mamilio, visiones oscuras de perdición arrasaron sus sueños. Cubierta bajo la gruesa manta que entre las hermanas compartían, a menudo, Marcia no podía dormir. Ella llamaba su parte de la manta Oscuridad. Metida en su propio mundo, discutía con Oscuridad.

Años atrás había visto un juicio público en el foro de Tusculum. En su mundo, Oscuridad era el fiscal—el villano, mientras que su Corazón defendía verdad y bondad.

Acaso Padre no puede permanecer en casa?” decía Corazón, desafiando Oscuridad. “Acaso no puede pasar por alto una guerra?

Corazón y Oscuridad casi nunca se ponían de acuerdo en su mente. No tendría sentido de otra manera. Pero a veces, Oscuridad parecía compadecer con ella.

Padre vive para tí, Marcia,” le había dicho una noche. “Debe ganar monedas para criarte bien—a tí y tus hermanas.” 

Ella entendía necesidad y monedas y sustento, pero seguía sin entender la verdadera razón. Padre era mucho más—tanto más, que un simple guerrero. Él era un príncipe. ¡Un futuro rey, el día que su padre así lo quisiese! ¿Por qué la necesidad de matar otra gente? ¿Cómo entender?

Corazón continuó con el desafío. “La vida de uno no debe ser tomada con tanta facilidad.

Su vida también será tomada,” respondió Oscuridad.

¡No!” dijo Corazón.

Un rayo inundó la llanura, y por un momento Marcia creyó que el mundo entero estaba de día. El crater de un volcán con un lago dentro suyo, estaba a su izquierda.

Ella y Padre visitaron el lugar muchas veces. Corrían y perseguían ovejas si no había pastores cuidando sus rebaños. Las arriaban por las laderas del crater desde donde podían ver las ruinas de Albalonga en la distancia.

Padre siempre se detenía allí y le contaba historias, sentados en la sombra de afloramientos de lava.

Le contaba de latinos, rutulios y sabinos. Le contaba de los terribles volscos y toda la gente que odiaba a Eneas por haber huido de Troya y por haber mezclado su sangre con la de un rey llamado Latino.

Le contaba historias de fuegos que emanaban de altares de piedra y de una doncella de largos cabellos de color bermellón que atrajo ese fuego por obra de dioses extraños. Le contaba de hechizos y furias que jamás dejaban de perseguir al príncipe de Troya por haber quebrado y abandonado un corazón justo en un lugar lejano llamado Cartago.

“¿Has estado en todos esos lugares, Padre?” preguntó ella.

“Algunos sí. No todos.”

“Entonces, cómo sabes de—”

“Mi Padre me dijo. Y su padre le dijo a él.”

“¿Es cierto que Abuelo es un rey?”

“Sí, Mar. Él realmente es un rey.” Su rostro denotaba tristeza. Marcia entendía eso como cuando una persona extraña a un ser querido suyo. Ella sabía que si Padre la llamaba Mar, era porque venía pensando de su propia madre. Abuela se llamaba Mar.

“¿Cuándo nos llevarás a ver?”

“Algún día, Mar. Algún día. ¿Te he contado de los reyes que viven más allá de mi Padre?”

“¡Cuéntame, Padre!”

Mirando hacia abajo, ella escuchaba de historias de siglos atrás. De galos y celtas, y de gente que había cruzado montañas más altas de lo que dioses las podían hacer—todos vivían en su Corazón. Padre susurraba cuentos de coraje y honor entre hombres y mujeres que jamás le rendían tributos a Roma.

En esos años, Marcia creía cada palabra porque dentro suyo significaban magia… conflicto.. resurgimiento…

Luego, y antes de que el sol los acosara de regreso a las llanuras, Padre la hacía correr un poco más.

“¡Persigue a esos rumiantes graciosos!” él solía decir, sosteniendo su capa mientras descendían.

“¿Te refieres a las ovejas?”

Los pobres animales daban vueltas y vueltas porque juncos no crecían allí y las ovejas rodaban sobre la grava. Marcia se mataba de risa, pero cada vez, lloraba al dormirse porque ella nunca les quiso hacer daño a las ovejas. Es que simplemente era divertido, y a ella le encantaba estar con su padre.

Se detuvo en seco.

Detrás de la última colina, Marcia vió un campo plagado de cuerpos.

Cuerpos inmóviles en el medio de la noche.

Momentos más tarde notó que algunos temblaban en espasmos. Se quedó sin aliento.

Se llevó ambas manos a la nariz. El hedor de sangre y entrañas putrefactas le daba mareas.

Se apresuró hacia el hombre más cercano en ese océano de guerreros caídos. Tenía una capa de piel de animales.

“¡Padre!”

Se arrodilló. Alejando náuseas de su mente, extendió su mano. Tiró de su hombro.

Cayó un rayo y aparecieron colores.

Media mandíbula, carmesí y marfil en la luz, rodó fuera de la cabeza, hacia su regazo. Retrocedió por instinto, pensando que la mandíbula estaba viva. Cayó de espaldas en un charco de sangre pegajosa, jadeando por aire.

Sacudida, lloró. No era Padre.

Coraje de lugares desconocidos dentro suyo la hicieron continuar. Se lanzó al cuerpo siguiente. Y el siguiente. Y el siguiente.

Rodeada por el miasma de cuerpos humanos, levantó su cabeza. Con ambas manos apretando su estómago, se inclinó hacia adelante.

Vomitó.

Notó que sus sandalias de tela se habían disuelto en la corrida y el barro. Sus pies vestían sangre y vómito.

Inclinada, giró como si buscara un par de sandalias nuevas. Un casco reclamó su visión.

Un orgulloso semicírculo de latón dorado coronado por un cepillo de crin de caballo escarlata, apuntaba hacia los cielos. Era tan majestuoso y… ¡Era el casco de Padre!

Corrió hacia el hombre, pero tampoco era Padre. El yelmo—sesgado por un golpe, estaba incrustado en una cara ajena.

Sollozó. “Dónde estás?”

A medida que la tormenta crecía en intensidad, descubrió que si esperaba, relámpagos bañaban todo el campo en luz. Todo lo que tenía que hacer era mirar los contornos.

Cada figura grotesca ofrecía algo brillante. La parte metálica de un pilum, metido en el corazón de alguien. Una hebilla de cinturón, sosteniendo las entrañas de alguien, mitad colgando afuera. Una coraza de pecho con marcas de músculos abdominales delineados en el metal, partida donde una espada entró en el cuerpo.

Y tan rápido como aparecía la luz, oscuridad reconquistaba el panorama, obligando a Marcia cerrar sus ojos por un instante. El trueno seguía. Tan fuerte que en la mente de Marcia hasta los muertos de estremecían de miedo.

El viento enfrió. Gotas de plomo castigaron el suelo. 

Algo se movió.

Marcia se detuvo.

Se agachó cuando el movimiento se repitió. Era un pequeño ciervo, quizás de una semana de edad. Dos a lo sumo.

“¿Cómo llegaste aquí, pequeña?” dijo ella. “¿También desobedeciste a tu madre?”

Dibujó un círculo en su mente, por el cual sacaría al venado del campo.

Cuando volvió a caer un rayo, un lobo le llamó la atención. Tiritando bajo el asalto de la naturaleza, estaba a unos cincuenta pasos, tratando de avanzar.

“¡Bestia!”

Sin mover la cabeza, trató de encontrar una espada o lanza. Cualquier cosa, a su alcance.

Solo había barro.

Odiaba lobos—más de lo que odiaba armas y dioses.

Padre también los odiaba, con tanta furia que cosió su propia capa con los lobos que había matado. Lobos jamás hacían lo que aparentaban hacer y solo atacaban en manadas seguras. A menos, por supuesto, que la presa fuera un solitario e indefenso ciervo.

Lobos eran Roma.

Sí. Lobos eran criaturas tan estúpidas que aullaban a la luna. Una peste que merecía ser borrada de la faz de la tierra.

Armada de coraje, Marcia decidió enviar a ese lobo a la otra vida.

¡Ja! ¡Sí que lo haré! ¡Puños me alcanzan y sobran! Y después de eso, me encargaré del pobre ciervo. Y luego, encontraré a Padre!

La lluvia se convirtió en un staccato y ninguno de los tres se movió.

Otro rayo iluminó su mundo, pero este fue seguido por su trueno tan cerca que asustó al venado.

El ciervo se echó a correr.

El lobo amagó a perseguir.

Marcia saltó con brazos en alto y gritó un rugido. El lobo—sorprendido, se detuvo.

El rayo se ancló en el cielo por otro segundo partiéndose en muchos rayos más, como las raíces de un árbol. Luego, oscuridad otra vez. Marcia sabía donde estaba el lobo, pero perdió de vista al ciervo.

Tratando de ponerse entre lobo y venado, Marcia dió un paso hacia adelante.

El suelo bajo sus pies se desvaneció.

Para cuando tocó fondo, sus manos, cara y hombros estaban ensangrentados de un arbusto de espinas.

Miró hacia arriba y vió la silueta del lobo por el barranco.

¡La bestia!

Se puso de pie con dolor, como si sus esbeltas piernas tuvieran que desplegarse como un ternero recién llegado al mundo.

En estado de shock recordó las palabras de Padre.

“Ojos y extremidades primero—para ver e huir,” sabía decir él.

Se tocó la cara partiendo de los lados de su nariz hasta los sienes pasando por sus párpados cerrados. Barro y sangre eran palpables.

Miró en la oscuridad y se preguntó a sí misma. “Veo oscuridad, o es que no veo?

Otro rayo le dió la respuesta—sus ojos veían.

Tocó las paredes de su barranco, buscando soluciones. Escaleras mágicas o una pendiente en la pared que la dejara salir. Calculó que la profundidad era de unos cuatro o cinco hombres.

Oyó un sonido.

Era el lobo. Un gemido como si alguien lo había pateado.

Permaneció callada en su lugar. La lluvia ahora, era un aguacero. Las paredes a su alrededor eran torrentes de barro y agua.

Oyó risas, aproximándose.

Alguien me vió caer. O quizás, me escuchó gritar al caer.

Quienquiera que fuera, el hombre llamaba a alguien más.

Más risas. Blasfemias y palabras malas. Hablaron por un rato, y luego—silencio.

Un minuto mas tarde, dos cabezas con cascos torcidos aparecieron por el borde. Iban a atraparla.

¡Carroñeros!

Padre le había contado de carroñeros de batalla y cómo capturaban esclavos, aprovechándose de la mala suerte de los caídos, atrapados y moribundos.

Fue hacia una esquina. De allí, levantó la vista pero no los vió.

La intensa lluvia prolongaba su libertad.

Empujada por ingenio, buscó arbustos en la oscuridad. Espinas pinchaban sus dedos con cada toque. Usando nada más que sus manos, quebró ramas de espinas y las esparció por el piso.

Contempló su arte. Esperanzas de que esos carroñeros no se atrevieran a bajar, disminuyeron rápidamente.

Miedo se apoderó de ella, cuando oyó un grito.

Había más voces, ahora. Mas hombres. Al parecer, un altercado se produjo arriba.

Desesperada, se preguntó. ¿Por qué—de cinco hermanas, solamente ella vino al campo de batalla? Sí, ella era la favorita, pero la mayoría de las veces eso la hacía sentirse peor aún.

Trató de orar, pero no pudo. ¿Cómo es que oraciones le salían tan fácil a su madre?

Marcia sabía la oración vespertina de su madre de memoria, desde la edad de cuatro.

Ruego ser pura.

Libera mi ser de todas impurezas.

Haz que mis obras sean verdaderas y justas.

Que Júpiter me envuelva con su piedad.

Que así sea.

Odiaba cada palabra del verso. ¿Cómo podían oraciones ayudarle ahora?

Su vida colgaba de un hilo de piedad irracional o suerte tonta. Oraciones solo atraerían a mas carroñeros si por error las decía en voz alta.

Entendía que algunas personas le ayudarían en una situación así, mientras otras la esclavizarían de por vida.

Cada persona tenía su alma, y algunas eran más oscuras que otras.

Júpiter no iba a liberar a Marcia de todas impurezas, porque Júpiter no existía.

Y si existía, sería un dios muy estúpido en hacer algo así, porque ella acababa de preparar una cama de espinas para que alguien muera al caerse sobre ellas. ¿Qué dios iba a considerar sus obras verdaderas y justas, siendo que desobedeció a su madre?

Llorando amargamente, deseó que su Corazón su pudiese convertir en un pájaro para salir de la jaula de su pecho. Para encontrar a su padre. ¿Cómo iba a hacer eso, desde su barranco?

Si encontraba una manera de hacer eso, quizás le podía ayudar a su padre a vencer a quien sea que tenía que vencer y volver a casa y vivir allí por siempre.

Pensamientos oscuros invadieron su mente.

Recordó la semana antes de que Padre se fuera. Iba a pelear por un hombre llamado Mamilio. Según Padre, Mamilio estaba casado con la hija de un rey al que los romanos querían matar. Ese rey—de avanzada edad, tenía que ser una persona muy buena, porque luchaba en contra de las almas oscuras que vivían en Roma.

Su maestro Populonio le había explicado que Roma ya no quería tener reyes. Ya por más de diez años, le dijo.

En lugar de ello, crearon algo llamado república. En una república, cualquiera podía gobernar la ciudad por un año, y por lo tanto la gente luchaba por poder, en lugar de vivir en paz. Y como solo podían gobernar por un año, la codicia de la gente aumentaba.

Ese día, Padre le contó de su última guerra, el año anterior, en una ciudad llamada Tarentum el sur de Italia.

“Tú sabes dónde queda Tarentum, Mar, verdad?”

“Si, por supuesto, Padre. Cerca del talón de Italia,” respondió Marcia. Ella prestaba atención en clase.

Padre le contó que la gente que vivía allí—descendientes de griegos, tenían leyendas de delfines y sirenas de mar.

Tarentum era más vieja que Roma, y la ciudad brillaba con amplias calles bañadas en sol. Padre había traído monedas de Tarentum, y Marcia y sus hermanas estaban asombradas de las imágenes de delfines y sirenas.

Pero lo que Marcia más amaba era la leyenda que decía que si una sirena se enamoraba de un ser humano, y si ese humano se veía en peligro mortal, ella estaba dispuesta a dar su propia vida, si con ello podía salvar a su ser amado. Poseidón—el dios griego del mar, convertía a dicha sirena en espuma de mar como recompensa por su acto de amor.

Como tal, flotaría sobre crestas de olas por siempre—su alma ilesa.

Marcia entendía que sirenas, y espuma de mar, y el dios Poseidón eran no más que prosa adornada para que gente oiga la historia.

Pero ella también sabía que almas eran igual de reales como pensamientos, ambos invisibles al ojo humano. Y que la mayoría de humanos estaban demasiado ocupados en sus vidas cotidianas para descubrir la verdad. En lugar de reflexionar, acudían a templos y oían lo que sacerdotes decían. Eso simplificaba las cosas.

“Cada hombre tiene un propósito en la vida. ¿Es eso cierto, Padre?” le preguntó.

“Así es, hija. Cada hombre, mujer y niño.”

“¿Cuál es mi propósito, Padre?”

“Solo dioses saben eso, Mar,” respondió él. “Pero estoy seguro de que lo descubrirás.”

Marcia reflexionó. Luego, volvió al otro tema que preocupaba su mente.

“Padre. ¿Cuál es Su propósito?”

“Yo creo que lo descubriré, Mar. Al igual que tú. El año que viene, o el siguiente.”

“El año que viene?”

“Sí, Mar. Un año más, y no iré más a guerra alguna. Me canso con rapidez. La velocidad de mis brazos y ojos ya no son lo que eran.”

“¿No luchará ya más, Padre?” Marcia preguntó. Una sonrisa de oreja a oreja.

“Un año más, hija. Un año más.”

Ahora—atrapada, ella recordaba la promesa de Padre.

Un año más era este año, ¡y este año era ayer!

Y ayer, algo salió horriblemente mal.

Como cada madrugada, Populonio se fue al mercado a comprar cosas que la casa necesitaba. Aceite, cera para velas y una bolsa de lentejas. Las niñas le ayudaban a Gaia en los quehaceres de la mañana.

Y como siempre, después del mercado Populonio les daría clases a las niñas. Latín o griego. Y mitología romana, por orden de Gaia.

Populonio volvió a casa corriendo.

Los dos ejércitos habían abandonado sus campamentos y se enfrentaron al lado del crater.

El día del choque había llegado.

Gaia cayó de rodillas y comenzó a rezar. Arminia—la segunda de las hijas por edad, corrió al sótano que la casa tenía, y se postró frente a las armas que el padre almacenaba allí, tal como él mismo lo hacía tantas veces.

Gaia cambió de idea.

Les dijo a las hijas a que se vistan bien. Irán al foro a esperar por noticias.

Cuando llegaron, la plaza estaba repleta. Todo Tusculum aguardaba en tenso silencio.

Niños y los pocos jinetes que no fueron a pelear iban y venían, entre el campo de batalla y la ciudad. Ciudadanos se miraban con optimismo, sabiendo de la ventaja numérica sobre los romanos.

Cuanto al mediodía la batalla aún no había terminado la gente comenzó a cuestionar las razones. Era extraño, porque batallas duraban una hora o dos.

Gaia decidió quedarse el la ciudad, hasta que noticias aparezcan. Compró dulces para las niñas, y una jarra de vino. Populonio no comió nada.

El calor anunciaba que el verano llegó. 

Un anciano se tambaleó por el foro, ciego, y con su barbilla hacia el cielo. Sosteniendo un bastón para golpear el suelo, predijo perdición.

La multitud lo rodeó.

Gente le arrojó piedras, y el ciego cayó al suelo. Dijo que todos se vayan a casa a esperar por la madrugada.

Un muchacho llegó corriendo al foro.

“¡Los dioses están ayudando a Roma!” gritó el muchacho. “¡Bajan de los cielos vestidos de jinetes romanos!”

Gaia ordenó a todo el mundo a volver a casa. Caminaron en silencio.

Cuando llegaron a casa, Marcia le rogó a su madre que le permitiera ir al campo de batalla. Gaia dijo que no.

Ahora—en su barranca, sabía aún menos del resultado de esa batalla. Del destino de Padre. ¿Estaba vivo o muerto? ¿Herido o capturado?

Su única manera de descubrir la verdad implicaba algo mucho peor de lo que se había imaginado.

Tomó la decisión. Tenía que saber de su padre, aún si eso significaba su propio sacrificio. Igual que aquellas sirenas de mar, allá en Tarentum.

Daría su ofrenda con regocijo con tal que Padre estuviera vivo. Siendo un alma, podría volar a su lado todo el día—libre de necesidades físicas.

Mis hermanas y mi madre necesitan a mi padre mucho más que yo, porque no saben nada del alma.

Ideas lóbregas irrumpieron su mente.

Concluyó que no sería echada de menos. Cornelia—la tercera de las cinco hermanas, le dijo una vez durante una pelea que ella era el quinto intento de su madre de darle un hijo a Padre.

Como la más joven de cinco, Marcia solo tenía una opción: correr o quedarse atrás.

Ahora, ella iba a correr. ¡Correr hasta el fin!

Reflexionó sobre cómo proceder. Sabía que si fallaba, su tormento aumentaría no en dos, sino en mil veces como gotas trae la lluvia.

Tomó un espina en su mano.

Miró su forma y largo. “Funcionará? ¿Podrá una espina liberar mi alma, si lo hago con precisión?

Sí,” le dijo Oscuridad. “¡Hazlo ya!

Un rayo enorme, brillante en pureza, se desató encima de la barranca. Marcia jamás había visto una Luz de tal intensidad.

Yo te he dado Vida,” la Luz dijo en su mente. “¡Esa decisión no te pertenece!

Marcia se dió vuelta, buscando la voz. Pensó que tal vez, ya estaba libre, volando hacia Padre o hacia los cielos. O quizás a su propia vida siguiente, arriba—no abajo. En su mente, abrió sus alas y en el resplandor de Luz inmaculada, supo qué aguardar.

Estaba salvando a Padre. Giró hacia la voz.

Estoy a salvo, Mar,” pensó que oyó.

La voz de Padre resonó en sus oídos corporales—no espirituales. El eco, resonando en abismos de emociones erróneas, la devolvió al Presente. A su mundo de lágrimas, dolor y angustia.

“¿Padre?”

Miró a su alrededor, infeliz por haber regresado de sus cielos.

Miedo también regresó, tan real como la lluvia. Se apretó contra una grieta. Barro—como si tuviese vida propia, se fundía con su espalda. Sus pequeños pies la mantenían de pie. El nivel del agua subía.

Miró hacia arriba y apretó sus puños.

Peleará por su vida.

Esperará.

Oyó un crujido. Y otro.

Un grito y el sonido de suelas golpeando metal. Un casco. Oyó pasos—muchos pasos en medio del barro. Alguien grito ‘no’ muy claramente seguido por un insulto. Otra de las voces rogaba y suplicaba, y el típico sonido de miedo mortal. Hubo risas y gruñidos.

Otra patada y luego—silencio.

Muy a menudo—cuando Padre practicaba con sus armas en el sótano, Marcia se ponía a escuchar. Reconocía metal y madera, huesos y cuero. Sabía perfectamente la diferencia entre un corte y una puñalada de espada. Y el sonido de un escudo bloqueando un arma.

Alguien estaba perdiendo la vida, a metros de su barranca.

Concentrada, se resbaló.

Ambos pies se negaron a detenerse en el barro y se hundió más en el pozo. Terminó en el centro de su espacio—de cara al cielo.

Un rayo anunció su destino.

Una enorme forma se generó sobre el borde de su barranca, bloqueando la luz. Uno de los hombres estaba bajando.

¡No!

No estaba bajando.

¡Se estaba cayendo!

Como una roca, el hombre cayó con todo su peso, al lado de ella. Huesos crujieron y uno de sus brazos le dió un golpe a Marcia. La inmovilizó.

Otro rayo y Marcia lo vió.

Los globos de sus ojos, de amarillo pálido y mirando cabeza adentro, la hicieron darse vuelta de asco. La cabeza del hombre rebotó contra el barro. Espinas se clavaron en su rostro.

Ni un gemido partió de su boca.

Ella supo que el hombre estaba muerto, aún antes de haber caído.

Se dió cuenta que gritaba a todo pulmón, pero sonidos se negaban a salir. Los pulmones le dolían con cada respiro.

Se exprimió de debajo del brazo del carroñero.

Consciente de que sangraba por dentro, se tocó entre los muslos. Una sensación que nunca antes había sentido.

¿Cómo pude lastimarme ahí?

El olor también le era nuevo.

¿Es esto lo que Cornelia anda diciendo? ¿De convertirme en una mujer? No lo entiendo… ¡Apenas tengo doce años!

Su mente viró en círculos subiendo a alturas desconocidas, mezclando inocencia con la confusión de sus sentimientos.

Padre…

Mar. Te estoy salvando ahora,” creyó que oyó.

Se desmayó.